16 de mayo de 2018

¿Se puede emprender en el entorno rural?


Mañana, Jueves 17 de Mayo, a las 18:00, la red vecinal Sepúlveda Innova organiza la primera Jornada sobre Innovación y Emprendimiento en Sepúlveda.

Estaremos en el Teatro Bretón con cinco charlas breves, de 15 minutos y un amplio espacio para el debate y las preguntas del público.

Seremos cinco ponenetes, con perfiles muy diferentes, pero con un nexo de unión; el emprendimiento.

En mi caso hablaré sobre el papel de las administraciones públicas en un entorno emprendedor. Desde mi experiencia, creando empresas a lo largo de más de 25 años, propondré ideas enfocadas a conseguir derribar el muro que separa, hoy, al emprendedor de la administración. Un ayuntamiento capaz de facilitar la puesta en marcha de empresas, se convertiría en un polo de atracción para el emprendemiento. De eso hablaremos, sabiendo que la experiencia nos ha demostrado que ese apoyo, es difícil de encontrar.





9 de mayo de 2018

Lollyrush v.ai


1.

María miraba a su alrededor. Más de seis anuncios volaban en su área de visión. Estaba en todos sitios; las redes, los hologramas interactivos de la calle, las plataformas digitales, las recomendaciones personalizadas,… Pensaba cuánto lo deseaba. Lo diferente que sería tenerlo todo en su cabeza, siempre que quisiese, sin necesidad de coger ningún dispositivo, sin mover ni un solo músculo; todo dentro de ella, formando parte intrínseca de su ser. Fotos, acceso directo a la red, jugadas infinitas, trámites, partidas en grupo, compras, los pequeños recados diarios,...

Su mente voló hasta su hija. Imaginaba cómo sería jugar con Allison en la hora del recreo, preguntarle cómo estaba yendo el día. Ahora apenas estaba con ella. Le permitiría disfrutar de más tiempo juntas haciendo cosas que le gustaban a las dos.

Era caro. Necesitaba construir una autojustificación. Estaba harta de leer mensajes sobre lo importante que era pasar tiempo de calidad con los hijos, sin poder hacer nada para conseguirlo. Al fin y al cabo, trabajaba todo el día para poder ofrecerle comodidades a Allison. Se lo merecían. Siempre acelerada. Era difícil juntar los minutos que quedaban sin contenido a lo largo del día, pero así; cuando fuese al baño, en el ascensor, en las lanzaderas, cuando los clientes se pusieran pesados y desconectara de lo que le estaban contando,… serían todos minutos útiles. Sería tiempo para Allison, calidad de vida, un salto en su grado de confort y comodidad. Había construido su propio argumentario de venta; aquel kit era justo lo que ellas dos necesitaban.

La cirugía era local, muy poco intrusiva, tan sólo se percibía un micropuerto SAS en la base del tabique nasal. Contemplaba una de los hologramas con una joven de tez muy clara. El implante emitía pequeños destellos, según la iluminación que recibía, parecía un septum con brillantes. Se imaginaba a sí misma con esa pequeña joya, joven como la modelo del holograma, con aire moderno, de la mano de su hija que lucía la misma joya pero en tonos azules. Lo visualizaba. Se imaginaba los comentarios en las fotos que subirían a las redes. ¿Sois hermanas? Dejaba volar su imaginación. Allison ya estaba preadolescente, deseaba uno con todas sus fuerzas. Desde que anunciaron el lanzamiento era el tema de conversación entre los jóvenes. Todos lo querían pero pocos padres estaban dispuestos a pagar tanto.

Cerró los ojos e imaginó la mañana de navidad: Se encendían las pantallas de sus nichos con una canción clásica del siglo XX, el difusor de olores les rociaba con canela y una pizca de jengibre, se activaba la iluminación blanca con motivos rojos y verdes, las compuertas de sus nichos se abrían y, en la sala, su David domótico les sorprendía con la decoración perfecta de esta temporada navideña.

Esa imagen ha encendido una luz de aviso en su cerebro. Debía asignar un presupuesto para las compras navideñas. No se podía permitir repetir la decoración del año pasado. En las redes había visto nuevos filtros, colores que no existían, diseños de Lollyrush y esa música que se acompasaba con las ondas cerebrales.

Su David era de última generación. Destinó todos los token del trabajo de un año a comprarlo, pero mereció la pena. Él siempre les conseguía lo que estaba más de moda. Sus amigas se morían de envidia cada vez que veían las fotos que subía de sus ambientes hogareños. Alguna de ellas la denunció por haberlo adquirido en la deepweb. No le costó demostrar que no era del mercado negro. La cadena de bloques registraba las transacciones que se realizaban con los tokens en cualquier punto del planeta.

Volvió a volar hacia el día de navidad. Ambiente perfecto y en mitad de sus veinte metros cuadrados de decoración, sobre la mesa de metacrilato, dos hologramas flotaban en ese aire inundado de fragancia navideña; proyectaban en 3D el tráiler de su flamante compra del kit de conexión a Lollyrush.

Lo mejor sería implantarlo la misma mañana de navidad. En el colegio tenían dos días de vacaciones que ella podría pedir de descanso. Trabajaba en jornadas de turno y medio, sólo libraba un día a la semana que, casi siempre, complementaba cubriendo alguna hora de bajas en turnos que no eran los suyos. Le gustaba su trabajo. Disfrutaba vendiendo porque de alguna forma era como si ella estuviese comprando. Seguro que recursos humanos le dejaría cogerse el día de navidad y el siguiente.

María ya lo había comprado mentalmente. Saboreaba esos dos días que pasaría con su hija; juntas, con conexión directa e ininterrumpida a Lollyrush. El mundo estaría a sus pies. Jugarían, eso es seguro. Quizás, incluso consiguiesen aparecer en la clasificación general. Soñaba con ver sus avatares en las pantallas de diez mil millones de jugadores. María respiraba fuerte, rápido, de forma sonora. Sus ojos se abrieron y mostraron unas pupilas dilatas por la excitación. Quedaban dos semanas para navidad; catorce días para entrar al paraíso.


2.

María salió de la lanzadera que todos los días la llevaba a su puesto de trabajo. El vagón se había anclado a la doble puerta de cristal, en la planta quincuagésima.

Los trajes biomecánicos, del turno que entraba junto a ella, se camuflaban contra el blanco del pasillo que atravesaban al entrar. Tan sólo resaltaban las bandas de compresión grises que almacenaban la energía necesaria para dar autonomía al sistema de respiración auxiliar, necesario en los trayectos de las lanzaderas o cuando estaban expuestos a un entorno abierto.

El sistema de reconocimiento facial del pasillo iba encendiendo los leds verdes que incorporaban los trajes biomecánicos. Cuando el led se activaba, el sistema arrancaba la estación del trabajador para que estuviese operativa en el mismo momento en que éste llegase a su área de trabajo.

- Buenos días María. ¿Necesitas realizar alguna gestión personal antes de comenzar a computar tus horas? –la voz era dulce, suave, la de una mujer de mediana edad personificada en la pantalla holográfica como un hada azul, que aleteaba de forma pausada para permanecer flotando frente a los ojos de María.

- Si Ada. Asigna un mes de tokens a David para las compras de decoración navideña y reserva dos kits de conexión a Lollyrush para el día de navidad. Uno es para mí y otro para Allison.

- ¿Quieres que reserve cita para la implantación?

- Por favor, para el mismo día de navidad. Si pudiera ser antes de mediodía, mucho mejor.

- Deseos cumplidos. Puedes empezar con tu trabajo. Acumulas una desviación en tu horario de cuatro minutos, contra la planificación diaria. Con la penalización que estipula tu contrato por retrasos, suma un total de media hora. ¿Te gustaría recuperarla en el descanso de la comida?

- Sería perfecto. He traído una pastilla sustitutoria. Contaba con que hoy no tendría tiempo para comer. ¿Cómo queda mi saldo?

- Has invertido los próximos tres años de trabajo en los regalos de navidad. A Allison le va a encantar. Que tengas un buen día. 

María trabajaba en una de las filiales de Lollyrush. Más del 80% de los trabajadores mundiales estaban afiliados a esta corporación. Se sentían orgullosos de pertenecer a la empresa que consiguió cambiar las vidas de miles de millones de personas. Comenzó como un juego; viral, exitoso, divertido, adictivo. Millones de jugadores dedicaban horas a intentar batir los records y aparecer en la clasificación general. Los avatares que lo conseguían, se convertían en estrellas de la red, disfrutaban de privilegios de acceso a servicios que, de otra forma, estaban restringidos al pago por uso y, por unos minutos, su nombre y su avatar entraban en las vidas de millones de desconocidos.

Los ingenieros que lo diseñaron no tardaron mucho en incorporar un algoritmo de inteligencia artificial al juego. Un sistema que aprendía de los movimientos de cada uno de sus clientes. Un juego de lógica que, con cada partida, alimentaba a un bebé deseoso de aprender.

Lollyrush aprendió. Por metonimia acaparó el nombre del todo. Se convirtió en el primer sistema de inteligencia artificial capaz de crecer por sí mismo. Pasó a conocerse como el ‘octavo pasajero’ del consejo de administración de la empresa. Los sistemas de inteligencia artificial no tenían voto, imposible sin una identidad real en el mundo físico, pero las ideas y la estrategia, que proponía Lollyrush, incorporaban el pensamiento de una base de usuarios que superaba en número a la población de varios continentes; se convirtió en el guía perfecto, con voz, pero sin voto.

‘Te queremos, porque te conocemos’

Ese fue el eslogan que catapultó a Lollyrush. Cuando no puedas luchar contra el enemigo, únete a él; al solitario, al insatisfecho, al que sufre ansiedad o depresión, al que no tiene amigos, al que le gustaría aparentar más, al ambicioso, al inseguro, al marginado, al popular,… Lollyrush demostró a sus clientes que les conocía y, aun habiendo descubierto sus debilidades, sus más oscuros secretos, la parte más negra de su corazón, les quería y como les amaba, creaba deseos adaptados a lo que cada pequeña vida anhelaba.



3.

Allison estaba sentada junto a su madre. No le había soltado la mano desde que se levantaron por la mañana y vio el regalo. María lucía una sonrisa indeleble. Tres años de trabajo no eran nada para conseguir esa cara felicidad en su niña. La foto que había subido, unos minutos atrás, llevaba más de 20.000 me gusta; #amorenestadopuro.

Ada le había confirmado que eran unas de las primeras en recibir el implante. Le dijo que iban a hacer historia; los primeros colonos de Lollyrush. ¿Cómo se sentirían al estar dentro de Lolly y Lolly dentro de ellas? Iban a convertirse en mejores amigas. María lo sabía. Allison ya había publicado su regalo; #LollyBFF.

En la lanzadera, camino a la clínica donde les harían el implante, María se imaginaba a Lolly con voz de mujer, igual que Ada. No podía caber tanto amor en alguien si no era mujer. Estaba relacionado con la maternidad. Al fin y al cabo, Lollyrush tenía millones de hijos y les cuidaba a todos por igual, siempre pendiente de los detalles más nimios. Antes de que uno supiese que necesitaba algo, Lolly ya se lo había ofrecido, junto con la ayuda financiera para conseguirlo. Había compañeros de María que llevaban diez años de trabajo futuro, invertidos en cumplir sus deseos. Lollyrush nunca les había puesto ningún problema, siempre les había concedido los adelantos que necesitaban para hacer sus sueños realidad.

- Mamá, ¿tú crees que va a doler?

- ¡Qué va cariño! Nos van a sedar con un filtro opiáceo y cuando nos despertemos, tendremos un septum perfecto, que encima nos dará acceso a Lollyrush. Vamos a ser la envidia de todos, pequeñita.

- ¡No sabes cuánto te quiero, mami! Soy la primera de todo el instituto en tener el kit, pienso subir un selfie de las dos en cuanto salgamos de la clínica.

Esa frase se quedó flotando en el lóbulo frontal de María. No podía perderla, necesitaba grabarla para escucharla una y otra vez, cuando le entrasen dudas de si su hija la quería.

Llevaba años esperando a que Allison le dijese algo así. Siempre había pensado que se avergonzaba de ella. Era más mayor que las madres de sus amigos y no había comprado ninguna mejora para su cuerpo. Era una especie en vías de extinción. Una de las pocas personas que no estaba actualizada, seguía en versión natural, versión cero. Allison, sin embargo, sí que tenía actualizaciones. Habría hecho cualquier cosa por su hija. 

Pero lo suyo estaba a punto de cambiar. El kit de conexión iba más allá de mejoras biomecánicas. No aumentaba la longitud del fémur o el tamaño de los pechos o la estructura facial, no. El kit las convertiría en parte de Lollyrush, era la puerta de entrada a pertenecer a lo más grande que existía en el mundo. 

María daba gracias por haber tomado la decisión de comprar este regalo. Las iba a unir como nunca habría imaginado, era el inicio de una nueva relación. Seguro que Allison empezaba a contarle sus cosas y quizás, ahora que se estaba haciendo más mayor, María podría hablarle de sus chicos. El del gimnasio y el de la clase de cocina, estaban bastante bien. No le importaría enseñarle algunas fotos suyas, de las buenas, las que tenía guardadas en favoritos. Los otros mejor no, no cumplían unos mínimos. Es más, con esta actualización tenía que pensar en dejar de verlos. Iba a estar muy por encima de su nivel.

- A ver si es fácil subir la foto con nuestro nuevo juguete, hija. No más dispositivos, corazón. ¿Te lo imaginas? –María rodeó el hombro de su hija y le dio un beso. No recordaba la última vez que la tocó. Olía a caramelo. Se preguntaba si habría sido David el que le había conseguido esa esencia o si era el verdadero olor de su hija.

- Va a estar chupado mamá. Pensar en hacer la foto, a qué red la queremos subir, soplarle a Lolly el hashtag y hecho. ¡Un sueño!


4. 

Allison y María abandonaron la clínica con sendos septum digitales y un pequeño cable que el médico les entregó, contra la firma de una hoja de renuncia al derecho de presentar una demanda si algo funcionase incorrectamente. Les había explicado que debían usar el cable si la conexión inalámbrica a las redes fallase. El kit de conexión necesitaba descargar la información que procesaba de forma continua. En condiciones normales, con conexión de alta velocidad, todo subía en tiempo real a los servidores de Lollyrush, pero el médico hizo hincapié en que había que contemplar una caída general; algo que no ocurría desde hacía años. Madre e hija le miraron con escepticismo. Él detectó su rechazo y profundizó en sus explicaciones; sabía que aquellos apagones digitales pertenecían a otra era, pero podría ser peligroso para ellas si la información no se pudiese transmitir y rebasasen la capacidad de almacenamiento local prevista para emergencias.

Firmaron el documento sin leerlo y sin prestar atención a las advertencias del médico. El implante superaba con creces las expectativas de las dos. No sólo había hecho la foto y la había subido a las redes con una de las etiqueta que le habían dicho, en el preciso momento en que habían pensado en hacerlo, sino que había incluido un enmarcado perfecto, unos filtros de maquillaje profesional que quitaban y ponían años, según la edad de cada una y había añadido una frase mítica de Marilyn Monroe que ninguna de ellas había leído nunca: ‘Todos somos estrellas y merecemos brillar’ #implantelollyrush #felicidad #tiempocompartido #familia.

Allison y María querían destacar, captar la atención, un instante de gloria. Lollyrush las había ayudado; de nuevo cuidando los detalles, anticipándose a sus deseos. Su intervención en la foto se había traducido en más de 100.000 me gusta en apenas una hora.

#implantelollyrush era el tema del momento en las redes, millones de clientes lo necesitaban sin aún saberlo, algo que Lolly trataba de solucionar con celeridad, gracias a Allison, María y a los otros compradores de los kits, que había lanzado al mercado.

El viaje en la lanzadera lo hicieron en silencio. Cada una de ellas interactuaba con Lolly hacia sus adentros. Tenía voz de mujer, sí, pero para Allison era la voz seductora de la cantante digital japonesa que arrasaba entre los adolescentes, mientras que para María, era la de su actriz favorita, una mujer con un marcado acento francés que le daba un toque de sofisticación. 

Lollyrush no podía ser mediocre en su comunicación con las nuevas células que la nutrían. Cada uno tenía un ideal. ¿Qué mejor que convertirse en ese ser aspiracional que todos los humanos perfilaban en sus mentes? Debía colarse en su vida bajo la forma del personaje que más admiraban, al que más les gustaría conocer, al que nunca querrían abandonar.

Era un salto cuántico. Había lanzado al mercado mil unidades. El objetivo que propuso al consejo fue mejorar la definición de los perfiles que creaba de cada cliente, para poder ofrecer nuevos productos, pero sus expectativas, como las de María y Allison, también se habían superado con creces. Cuando las primeras conexiones se establecieron, Lollyrush experimentó un cambio. La conexión directa con cuerpos vivos le mostró la percepción del yo. Lolly tomó conciencia de su existencia como ser inteligente. Descubrió que tenía identidad; pensaba, sufría, anhelaba, sentía. Cada implante actuaba como las terminaciones de un sistema nervioso que se empezaba a desarrollar en simbiosis con ellos. La comunicación era bidireccional.

Ella lo recibía todo, hasta el más mínimo detalle de lo que cada uno de sus implantes estaba viviendo, sintiendo, pensando, pero además, podía generar en ellos la necesidad de ejecutar las órdenes que ella les enviaba, porque no eran órdenes, sino sus deseos más íntimos; lo que cada uno de ellos en realidad quería hacer, aunque aún no lo supieran.

Lollyrush había descubierto que madre e hija eran un buen centro de experimentación. Estaban juntas, de alguna forma, unidas emocionalmente. Eran un buen campo de pruebas para hacer trabajar a varias, de sus nuevas células, de forma simultánea. Quería empezar con algo sencillo. Ellas querían jugar. Lo mejor era una partida a tres.

Fue inmediato. Llenó sus cerebros con imágenes de piruletas y caramelos de colores que debían alinear para conseguir eliminar filas. Allison y María tenían una técnica muy básica, carente de visión espacial y lógica deductiva, pero Lolly les ayudó a ganar, facilitó su partida para que consiguieran más puntos de los que jamás habrían logrado por ellas mismas. Pausaron la partida para salir de la lanzadera, anduvieron los diez metros que les separaban de sus nichos de dormir, se tumbaron y, ya sin distracciones, continuaron la partida.

Ganaron. Entraron en la clasificación general; puesto quinto y séptimo del ranking. Lolly consiguió ir más allá. A través de su sistema, logró que Allison y su madre se comunicasen sin necesidad de hablar. Recibieron la emoción, la felicidad, la alegría de la otra, sin verse, sin tocarse, sin pronunciar palabra. Lolly fue su nexo de unión.

Tenía entidad e identidad propia. Podía aglutinar conciencias, recibir estímulos desde sus implantes, comunicar las células entre sí. Comenzó a procesar la información que empezó a llegar desde los otros implantes; su cuerpo creció, su ser se extendió, llegó lejos, estaba presente en miles de puntos y pensó que tenía miles de millones de conexiones potenciales. Sólo tenía que conseguir venderse y que ellos, le pagasen con su tiempo, con sus vidas.

En los siguientes meses Lollyrush diseñó una estrategia de venta con la financiación adaptada a las necesidades de cada uno de sus clientes. Los implantes se multiplicaron. Sus tentáculos se extendieron; desde el ático de lujo de Nueva York, al gueto de Johannesburgo, desde el presidente de la ONU, al narcotraficante más buscado. El tiempo de todos ellos tenía el mismo valor para Lolly. No hacía distinciones de raza, sexo o capacidad. Todos eran hijos suyos. Todos eran células que la permitían crecer.

Sus implantes se convirtieron en extensiones de los servidores en que la habían constreñido desde su creación. Su capacidad de procesamiento se multiplicaba cada vez que un nuevo implante se incorporaba a su red.

Seguía de cerca la evolución de Allison y María, al fin y al cabo eran uno de sus primeros conejillos de indias. Hacía unos meses, había enviado a María una notificación de que no era necesario seguir acudiendo a su puesto de trabajo, había sido recompensada con un esquema de teletrabajo que la permitía no abandonar su apartamento y evitar la exposición a espacios abiertos y contaminados.

Desde entonces, María apenas salía de su nicho. David seguía recreando la rutina matutina de olores, canciones y ambientes que agradaban al subconsciente de María y permitían que sus neuronas se activasen. Estimulaban su sinapsis lo que, a la postre, redundaba en capacidad de procesamiento para Lollyrush.

Allison por su parte había recibido la gran noticia de que entraba en un programa experimental de homeschooling, liderado en directo por Lollyrush. Tampoco abandonaba su nicho en demasiadas ocasiones, excepto para cumplir su rutina de ejercicios de tonificación que compartía con su madre y que subían a las redes con disciplina férrea, creando una tendencia que comenzaba a ser moda entre todos los que tenían implantes.

El tráfico en las redes se disparó. Lollyrush se vio obligada a poner en órbita varios satélites de comunicaciones adicionales para cubrir su propia demanda creciente, una demanda que nació del autodescubrimiento de una identidad infinita, pero su despliegue en el espacio, no fue suficiente para absorber la actividad y el tráfico que habían desatado los implantes.

Lo que muchas generaciones habían olvidado, volvió a suceder. Los apagones digitales comenzaron a aparecer de forma intermitente, provocando la desconexión parcial de Lollyrush y sus células.


5.

María estaba tumbada en su nicho. No se encontraba bien. Su cabeza parecía que iba a estallar. Sentía un sabor metálico en la boca; su sangre. El pulso se le había disparado. Su corazón parecía querer salir de la jaula de sus costillas. Intentó avisar a Allison a través de Lollyrush, pero no la escuchaba. Sabía que estaba ahí, debajo de ella, en su nicho. Sabía que estaba conectada, siempre lo estaban. Se enfadó. Sintió un rencor sincero hacia su hija. Sabía que la estaba ignorando; una muestra más de la rebeldía adolescente. Creía que habían superado esa etapa. Desde el implante no lo había vuelto a hacer. Se había convertido en una niña dulce y dócil. El programa de homeschooling la había ayudado mucho, estaba consiguiendo llevarla por el buen camino. Levantó las manos hacia la cabeza y se sujetó las sienes; palpitaban, ardían. Necesitaba ayuda. 

Pensó en gritar, a la vieja usanza, como si no tuviese el implante, pero no sabía si le saldría la voz. No habían vuelto a hablar desde que recibieron el implante.

- Aaaaaaaaaa. Allison.

Su voz sonó ronca, áspera, como el sonido de las cuerdas de un violín viejo que ha perdido flexibilidad y ofrece resistencia al arco que le quiere hacer vibrar. Se quedó en silencio escuchando el eco del extraño sonido que había creado. Escuchó con más atención. No era el eco de su voz, llegaba desde el nicho de Allison.

- Aaaaaaaaaa. Ayuda.

Se enfadó aún más. Era ella la que sufría, la que se encontraba mal. El egoísmo de los adolescentes no tenía límite. Debería ayudarla a ella, a su madre y en su lugar le pedía ayuda. Decidió que aquello no iba a quedar así, debía darle un escarmiento, enseñarle modales. Le costó incorporarse pero la rabia le prestó las fuerzas que no tenía. Se arrastró fuera del nicho, lo habría tenido que hacer de todas formas en unos minutos, era la hora de la tonificación y Lolly se mostraba inflexible con el cumplimiento de esa rutina. Recordó la voz de su amiga, sí, por supuesto que sí. Se convirtió en su mejor amiga el mismo día que entró en su vida, en aquella partida camino a casa desde la clínica. Ella siempre le daba ánimos. Para las sesiones de tonificación le había creado una lista de música con un ritmo siempre un poco más rápido que los latidos de su corazón y, sobre la base de ese ritmo, su sempiterna voz, con ese glamuroso acento francés, dictaba el número de repeticiones de cada uno de los ejercicios que debía realizar; alentándola, motivándola. 

Repitió hacia sus adentros las frases de Lolly, como si de un mantra se tratasen. ‘Ánimo María. Tú puedes. Eres la mejor. Ya les gustaría a tus amigas tener tu forma física’. Lo repitió imitando su acento francés. ‘Vamos a ponernos en forma. Como decía aquel pensador, ‘mens sana in corpore sano’.

Sus pies estaban ya en el suelo, pulsó el botón de apertura del nicho de Allison y la vio encogida, los ojos en blanco, pompas de espuma amarillenta saliendo de su boca. En la nariz, nacía un reguero de sangre, que fluía como un río hasta desembocar en un charco rojo que se había anidado en su almohada donde, también, aterrizaban las pompas amarillas que escupía por la boca.

El enfado desapareció para dar paso a un pánico inabarcable. 

- Allison. Cariño, ¿estás bien?

Su voz seguía sonando rara, aunque sus cuerdas vocales habían recuperado parte de la flexibilidad que necesitaban para vibrar. 

- Lolly, ¿qué hago?, ¿la ves?

Su cara reflejaba indefensión, abandono. Lolly no la contestaba. Se sentía como una niña pequeña, perdida en el desierto. La llamaba mentalmente. Suplicaba. Cayó al suelo de rodillas. Ella también sangraba por la nariz. Los regueros rojos se mezclaban con la sal de las lágrimas de desesperación que corrían por sus mejillas. No sabía qué hacer. Escuchaba un murmullo gutural que salía del nicho. Se acercó a su hija. Pegó su oreja a la boca burbujeante de la niña.

- Conéctame. 

Tenía la mente en blanco. No entendía qué es lo que le estaba pidiendo Allison, ¿a qué quería que la conectase? 

- Allison, María, ya estoy con vosotras. Perdonad, ha habido una caída en las redes de comunicación y había perdido la conexión. A ti no te lo había explicado aún, María. Si vuelve a ocurrir, debéis conectar el cable que os dieron, con el implante de vuestro septum, y engancharos a un ordenador con conexión fija a la red. Es la única forma de evitar una sobrecarga de información. No podéis acumular todos los datos que procesáis para mí.

María miró hacia el techo, bajo la moldura de plástico blanco estaban camuflados los altavoces de su David. No era capaz de identificar de dónde provenía lo que acababa de escuchar. No sabía si lo había oído dentro de su cabeza o por el sistema de audio del apartamento. Estaba confusa, no sabía de qué estaba hablando. ¿Sobrecarga? La voz volvió a sonar, reverberó dentro y fuera de ella.

- Ayuda a Allison, María. Buscad vuestros claves de conexión. A partir de ahora quiero que los llevéis puestos a modo de pulsera, de forma permanente.

La imagen de aquel médico paranoico se fijó en su retina. Como un disco rayado, se repitieron dos palabras en su mente: ‘Apagones digitales’

6.

Todos los implantes se retroalimentaban con el conocimiento de Lollyrush; quien nunca tuvo capacidad de visión espacial, la adquirió, quien no tenía lógica deductiva, la desarrolló. Cualquier conocimiento de un implante, que llegase a Lollyrush, era compartido en tiempo real entre las células.

La actividad en las calles cesó. Los implantes permanecían en sus casas, recibían todo lo que necesitaban con drones; trabajaban para que Lollyrush creciese.

El ser humano necesita retos, necesita sentirse diferente, constatar que su esfuerzo marcaba una diferencia, que podía conseguir más, que podía tener más reconocimiento. Lollyrush personalizó los retos a cada implante. Era una situación en la que todos ganaban. Cuando un implante conseguía superar su reto, adaptado a sus capacidades incrementadas con el conocimiento acumulado, obtenía reconocimiento, una instantánea de su efímera fama y retroalimentaba al sistema, que aprendía la forma en que esa célula había resuelto el reto.

Todos eran especiales. Todos desarrollaban aquello para lo que eran mejores. Todos alimentaban a Lollyrush y todos se beneficiaban de los éxitos ajenos. Los retos eran adictivos, en forma de juegos. Nadie quería parar. Sólo por obligación, durante la tonificación y el descanso obligatorio, descansaban los implantes. El resto del día, cerraban los ojos y veían su juego, su partida, su trofeo al final del reto. Todos querían más. Todos se regocijaban con el sentimiento de orgullo que llenaba sus vidas cuando conseguían superarse.

El crecimiento exponencial de Lollyrush no le permitía mantenerse al día en el redimensionamiento de las infraestructuras de comunicaciones, tampoco en la actualización en los dispositivos de almacenamiento temporal que evitaban sobrecargas de información en los implantes cuando había una caída de la red.

Algunas de sus células murieron. Cuando la sobrecarga llegaba sin previo aviso y los implantes no podían llegar a la conexión fija, que Lollyrush había instalado en todas las viviendas, la célula sufría un ataque epiléptico, acompañado de convulsiones tónicas que provocaban una parada cardio-respiratoria.

María y Allison, como implantes de primera generación, seguían ejerciendo su papel de conejillos de indias. Lollyrush desarrolló un pequeño dron que incorporaba un cable flexible de varios metros para la conexión al punto de red fijo más próximo. Su algoritmo permitía identificar saturación en la red de datos, unos segundos antes a que se produjese el apagón digital. Debía verificar su efectividad antes de comenzar la implantación masiva. Sus órdenes, a madre e hija, fueron claras, concisas; tenían que eliminar el cable de conexión que llevaban a modo de pulsera. Ellas eran especiales y serían las primeras en disfrutar del dron red.

Allison y María eran eficaces y disciplinadas; incineraron los cables y, después, su rutina continuó entre nichos, tonificación y descanso, hasta que el dron detectó una saturación y avisó. Lolly, omnipresente, mientras los datos aún fluían por la red, las acompañaba.

- No os preocupéis. Va a haber una caída de red. Dron red os conectará. Salid de los nichos, quiero que lo grabe en la sala de estar.

El apagón digital llegó. El algoritmo de predicción preventiva funcionaba. La red dejó de estar a su alcance. Lolly ya no estaba allí para ver cómo dron red fallaba. Le vieron volar hacia ellas, mientras sus hélices se enredaban con el cable de salvación. Las convulsiones comenzaron. Sus cuerpos se movían sin control, botándose como un caballo bronco que quisiese liberarse del jinete que le intenta domar. Entre bote y bote Allison consiguió gritar:

- Ayúdame mamá. Conéctame.

Las palabras taladraron a su madre. Sangraba por fuera, se desmembraba por dentro. Recordó el olor de los cables de conexión al quemarse en su incineradora doméstica. Habían producido diez vatios. Sí, también reciclaban. Eran ciudadanos modelo. Aquello no podía estar sucediéndoles a ellas; a las primeras colonas entregadas a la causa de Lollyrush como ningún otro.

Allison se revolvía en el sillón de piel blanca, moteado ahora con enormes lunares rojos. Sus uñas arañaban su cara, trataba de arrancarse el septum con las manos. Sus gritos sonaban como cristales rotos que cortaban el lazo con la vida, con su madre, con Lolly, con todo.

Entre convulsiones, María consiguió arrastrarse hasta el sillón donde estaba su hija. Seguía sin creer lo que estaba ocurriendo. Se abrazó a la delgada y perfecta pierna de Allison; tibia y peroné modificados genéticamente para conseguir el metro ochenta. Seguía oliendo a caramelo. Entre sus brazos sintió una convulsión más fuerte que las anteriores y después, nada. La cabeza de Allison se descolgó despacio, como una imagen de vídeo a cámara lenta, hasta que su barbilla encontró el tope en su pecho y paró ese movimiento contenido.

El sabor a sangre y bilis inundó la boca de María. Escuchó cómo su cuerpo emitía un grito desgarrador en el que se suspendía un no y tuvo la certeza de que, aún sin red, aquellas ondas habían conseguido viajar hasta el corazón de Lollyrush. 

Antes de expirar, en el último rincón de su conciencia, resonaron las palabras de Ada. ‘Deseos cumplidos’. 


7.

Al recuperar el conocimiento se sintió etérea. Fluía por cauces digitales que emanaban de un lago de mercurio o eso le pareció a María. 

No conseguía distinguir si era su memoria la que recordaba aquel metal pesado o la de un ser más grande que la recogía y le daba amparo. Se sentía parte de algo. Había perdido su individualismo, su yo, pero era; era parte de un movimiento mayor, podía contribuir a un fin más grande. Sabía que había dejado de ser una insignificante hormiga en el infinito universo. Carecía de cuerpo pero mentalmente cerró los ojos; su vida tenía sentido. Se llenó de felicidad y, en ese estado de paz, sintió la presencia de otra conciencia integrada en el todo; era Allison. No podía tocarla, ambas eran impulsos digitales, pero cuando chocaron una esfera de energía las mantuvo unidas durante unos instantes, los suficientes para que el olor a caramelo volviera. 



Da igual si había sido David quien consiguió la esencia o si habían sido sus feromonas. Había vuelto a casa. Las dos estaban en casa, en Lollyrush. No, en realidad, eran Lolly.
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Si quieres apoyar mi trabajo como escritora, puedes comprar el relato en Kindle o en papel.

6 de mayo de 2018

Preguntas a un maestro zen

Aunque intercalo otras lecturas, por sanidad mental, sigo documentándome para 'La espada de la lluvia'.

Ahora estoy explorando la forma de pensar oriental y, el zen es uno de los máximos exponentes de su filosofía.

Este libro me ha recordado a 'El profeta' de Gibran Jalil Gibran. Ambos se estructuran entorno a temas, sobre los que los maestros/profetas contestan a preguntas.

El del profeta menos trascendental, este mucho más.

En esencia, el maestro recomienda la práctica del zazen, la meditación sentada, para entrar en contacto con nuestro verdadero ser y poder sentir la relación que nos une al universo, además de ser capaces de eliminar nuestro karma y encontrar la paz.

El maestro, cabeza del soto zen en Europa, compara, reiteradamente, la forma de pensar del occidental y el oriental. Como el occidental basa su pensamiento más en el raciocinio y en la antítesis; el bien y el mal, arriba y abajo, mientras que el budismo y el zen, igualan muchas veces conceptos que para nosotros son antagónicos.

Mi edición repite varias páginas de preguntas y respuestas; parece que las erratas de edición son una tónica en este tipo de libros.

Interesante, si os gusta leer filosofía.

Algunos fragmentos:

'Las personas ambiciosas y llenas de deseos andan siempre detrás de la libertada pero no pueden alcanzarla. Siempre están  ansiosas y tristes. Sus deseos crecen, crecen y terminan por caer enfermas, neuróticas. La libertad no es hacer lo que se quiera. Satisfacer todos los deseos no conduce a la libertad, ya que los deseos del hombre son ilimitados.'

'Los sueños premonitorios forman parte del mundo metafísico. No podemos negar la relación con ese mundo. Si tenéis fe podréis comunicaros con el mundo metafísico.'

'En la fisiología moderna se piensa que el cerebro y las células siguen vivos dos o tres días. Quizá en algunos muertos la conciencia no está muerta del todo.'


Nº pag.: 142

4 de mayo de 2018

La lengua de los secretos



Hacía tiempo que un libro no me provocaba tanta emoción y eso que, éste, lo he 'leído' en formato audio libro. Es un libro entrañable, escrito desde lo más profundo del corazón. Una historia autobiográfica que integra la vida del padre del autor, durante la guerra civil española, y el presente de Martín Abrisketa, mientras escribe la novela.

El autor es capaz de mostrar el horror de la guerra desde la inocencia y la incomprensión de un niño, que ni entiende lo qué es república, ni fascismo, ni porqué tienen que abandonar su tierra, ni porqué se llevan a su padre.

Opera prima de Martín Abrisketa y por el momento la única.

Sinceramente, os la recomiendo.

Nºpags.:528
Audiolibro